viernes, 2 de enero de 2015

Prólogo

Fue consciente del error que suponía coger la cafetera con la mano derecha cuando escuchó la voz que desde la oscuridad le ordenó:

- No te muevas, Chris-.

Bill Walsh (reconoció su voz al instante) no iba a correr ningún riesgo. No sólo la luz de la hoguera donde preparó el café le convertía en un blanco perfecto, sino que su claridad contrastaba con la oscuridad provocada por la noche cerrada y le impedía ver lo que había más allá del claro en el que se encontraba; en el improbable caso de que tuviera la opción de soltar la cafetera y desenfundar su revólver antes de recibir unos cuantos balazos, no sabría a quién ni a dónde disparar. No, Bill Walsh no había corrido ningún riesgo.

- Voy a acercarme, Chris- dijo Bill sin molestarse en advertirle que cualquier movimiento por su parte le convertiría en un colador antes de que pudiese hacer nada.

Bill salió al claro, se acercó a Chris, le quitó la pistola y se hizo también con el rifle que colgaba de la silla de su caballo.

- ¿Qué es lo que pasa, Bill?- preguntó Chris, el asombro asomando a su voz.

- Mike Johnson ha muerto, asesinado- contestó Walsh secamente.

- Yo no lo he hecho- protestó Chris.

- Jugaste una partida de poker con él esta noche en el Ruby Saloon.

- Sí, pero éramos cinco en la mesa.

- Ya -señaló Bill-. pero sólo tú perdiste todo tu dinero que fue a parar a manos de Mike.

- Pero....

- Y sólo tú de todos los participantes en la partida- le interrumpió Bill- has abandonado la ciudad esta noche. Además, tuviste una discusión con Johnson.

Chris fijó la mirada de sus ojos gris acero directamente en los ojos negros de Walsh: “Yo no he matado a Mike, Bill”.

Este se encogió de hombros: “No me corresponde a mí decidirlo”, replicó: “mi trabajo es trasladarte a la ciudad y llevarte a juicio. Otros decidirán si eres culpable o inocente.”

De repente, surgió una voz desde la oscuridad circundante:

- Dejémonos de cháchara y ahorquémosle aquí mismo, marshal. Ahorraremos cantidad de tiempo y esfuerzo y se hará justicia igualmente.

- ¡¡¡¡Silencio!!!!- bramó Bill sin apenas girar la cabeza, aunque su voz restalló como un látigo hacia el lugar del que procedía la sugerencia.

Luego, volviendo a mirar a Chris, le espetó: “Tienes suerte de que te hayamos localizado nosotros primero. Si te llega a encontrar la partida organizada por Monte Wallace a estas horas estarías colgando de un árbol y yo tendría un problema menos.”

Chris se estremeció. Monte Wallace era el propietario del Ruby Saloon y sin duda habría juntado una partida de granjeros ociosos, vaqueros borrachos e indeseables varios y no hubiera dejado que la justicia y su derecho a un juicio les estropeara un buen linchamiento.

Bill, tras hacerse cargo de las alforjas de Chris y cargarlas en su propio caballo, le indicó que montara delante de él y se dirigieron de vuelta a Tascosa.

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